dijous, 2 de juliol de 2009

Primera crónica trobada (de El Mundo, i del concert de Madrid d'ahir)

| Cultura



MÚSICA | Concierto en el Palacio Municipal de Congresos
Ry Cooder y Nick Lowe, lección de 'savoir faire' en Madrid

Fran Casillas | Madrid


La música importa. Es una verdad a veces diluida en fastos efectistas y cataratas de vacío. Quizá por eso sobreviven en escena sexagenarios como Ry Cooder y Nick Lowe, aliados anoche en Madrid para recordar la fórmula esencial del sonido. Desde el lamento del blues a la osamenta folk y flirteando con el sabor latino, estos dos virtuosos rindieron un concierto sentido, sangrado en los detalles. Tocaron temas propios y ajenos, jóvenes y añejos, pero siempre con ese sabor a nostalgia que resiste los embates del tiempo.

Cooder y Lowe, escoltados a la batería por Joachim Cooder (¿adivinan de quién es hijo?), comparecieron en el escenario como una extraña pareja. El eterno 'hippie' contra la bohemia del 'gentleman' londinense. Nick, figura esbelta, parece recién llegado de un partido de Wimbledon para veteranos, con su polo oscuro y sus pantalones grises. Es un tipo carismático, ocurrente, que sabe cautivar al público. Él se encarga de asumir el papel principal en 'Fool who knows', la canción que abre fuego.

En realidad, a nadie se le escapa que el genuino protagonista es Ry, aunque el pobre cojee levemente, como si tuviera una almorrana mal curada. El guitarrista de Los Ángeles es un 'outsider' empedernido, y los focos siempre le han entusiasmado tanto como las torturas góticas.

Antes de coincidir con Lowe en Little Village, a principios de los 90, Cooder había dejado su impronta como arreglista y mago del 'slide' en álbumes de Van Morrison, Randy Newman o los Rolling Stones. Siempre se ha sospechado que Mick Jagger le robó los arabescos guitarreros de 'Honky Tonk Women', pero Cooder carece de ambiciones comerciales. Tampoco ha sido nunca un enfermo del directo, sino que ha labrado su reputación practicando alquimia en los estudios.

Escuchar sus arpegios en directo es por tanto un privilegio sibarita. Palacio Municipal de Congresos, cuarto sótano, escenario austero... En torno a 500 personas en el público. Y basta. La popularidad es la gloria en calderilla, y a Cooder se le mide por dosis de influencia. No por agotar el aforo.
Aguijonazos de bayoneta y aullidos de lobo herido

Lowe emociona con su interpretación de 'Half a boy and half a man' o '(What's So Funny 'Bout) Peace, Love & Understanding', pero con su magnetismo silencioso, es Cooder quien roba la noche. Cabalga por el mástil de sus guitarras con la zurda. La diestra pellizca las cuerdas, las cosquillea, las estrangula...

Como es habitual en él, son instrumentos ajados: Cooder solía pedirle a un lutier de Staten Island que ensamblara piezas obtenidas de distintas guitarras, porque le apasiona el sonido de aquello que en verdad ya no existe. A esas guitarras fantasmagóricas Cooder le arranca gemidos sensuales y aguijonazos de bayoneta, susurros rockeros y aullidos de lobo herido. Es el camino a canciones como 'Feeling Good', 'Tears On My Pillow'o 'Little Sister', colosales en Madrid.

En un momento determinado, un espontáneo se levanta de su asiento y se arranca a bailar a escasos metros de la banda. Seguridad le recuerda al infeliz que no es el momento ni el lugar. Poco después hay que repetir cortesía con una exaltada tan impaciente por tocar a Cooder como por catar la próxima bola de nieve.

Son los efectos colaterales de una singladura por la jurisdicción de Cooder, quien navega por aguas de jazz, tex-mex, soul, gospel, música cubana... Cual cazador de tesoros, rescata viejas joyas musicales y las embellece haciéndolas suyas. Y todo para llegar al corazón de América, a las melodías que irrigan las entrañas de EEUU. Lo que Dylan inmortalizó en folk y Springsteen en rock, Cooder lo ha traducido a un eclecticismo nómada e infinito.

Cooder más Lowe, al igual que el cirujano de Pataky, mejoran lo bueno. Luego se lo arrojan a la parroquia aderezándolo con temas propios y con la colaboración de la telonera Juliette Commagère.

Antes de emprender camino a Bilbao, donde actúan este jueves, se despiden con 'How Can A Man Stand Such Times And Live'. Y los ecos del concierto, acumulados en vena, revelan que ciertas canciones deberían ser de prescripción diaria. Como los masajes craneales o las sonrisas que desarman. Porque damas y caballeros, sí, la música importa.